lunes, 26 de septiembre de 2011

QUINTO HORACIO FLACO

























- El tiempo saca a luz todo lo que está oculto y encubre y esconde lo que ahora brilla con el más grande esplendor.

- La justicia, aunque anda cojeando, rara vez deja de alcanzar al criminal en su carrera.



- La virtud de los padres es una gran dote.

- Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá.

- Es falso que se haya hecho fortuna, cuando no se sabe disfrutarla.

- Si estás bueno del estomago, y no te duele ningún costado y puedes andar con tus pies, ninguna otra cosa mejor te podrán añadir todas las riquezas de los reyes.

- Donde brillan muchas bellezas no han de ofender algunas manchas, de las que rara vez se escapa la naturaleza humana.

- ¿Quién es libre? El sabio que puede dominar sus pasiones, que no teme a la necesidad, a la muerte ni a las cadenas, que refrena firmemente sus apetitos y desprecia los honores del mundo, que confía exclusivamente en sí mismo y que ha redondeado y pulido las aristas de su carácter.

- Quien vive temeroso, nunca será libre.

- Ninguno nace libre de vicios; y el hombre más perfecto es aquel que sólo tiene los pequeños.

- Las muchas promesas disminuyen la confianza

- Una pintura es un poema sin palabras.

- Cada día es una pequeña vida.

- La palabra una vez hablada, vuela y no torna.

- ¿Qué impide decir la verdad con humor?

- La ira es una locura de corta duración.

- En el amor hay dos males: la guerra y la paz.

- Mezcla a tu prudencia un grano de locura.

- No hay nada inaccesible a los mortales.

- El pueblo me silba, pero yo me aplaudo.

- Todos los tiranos de Sicilia no han inventado nunca un tormento mayor que la envidia.

- La palabra dicha no puede volver atrás.

Quinto Horacio Flaco (en latín Quintus Horatius Flaccus), fue el principal poeta lírico y satírico en lengua latina.
Fue un poeta reflexivo, que expresa aquello que desea con una perfección casi absoluta. Los principales temas que trata en su poesía son el elogio de una vida retirada («beatus ille») y la invitación de gozar de la juventud («carpe diem»), temas retomados posteriormente por poetas españoles como Garcilaso de la Vega y Fray Luis de León. Escribió, además, epístolas (cartas), la últimas de las cuales, dirigida «A los Pisones», es conocida como Arte poética. Era hijo de un esclavo liberto, si bien nació cuando su padre ya gozaba de la libertad. Su padre, aunque pobre, invirtió mucho dinero en la educación de su hijo, acompañándolo a Roma donde inició sus estudios de Gramática con Orbilio y, probablemente, los de retórica con Heliodoro. Con el tiempo, Horacio fue ganando el respeto y la admiración de los círculos literarios romanos, al que pertenecían Virgilio y Lucio Vario Rufo, quienes le presentaron a Cayo Mecenas (38 a. C.), amigo y consejero de César Augusto. El emperador le brindó su protección, llegándole a ofrecer un puesto como secretario personal, si bien Horacio declinó la oferta debido a sus principios epicúreos. Mecenas llegó a convertirse en su protector y amigo personal, y obsequió a Horacio con una finca en Tiber, en las montañas Sabinas (33 a. C.), donde el poeta se retiró a redactar sus obras. Su amistad fue tal que incluso fueron enterrados el uno junto al otro.

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